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Capítulo V del libro “Cúrense a ustedes mismos” de Edward Bach.

La función paterna es dejar crecer en libertad.imagen

Dado que la falta de individualidad (es decir, permitir la interferencia ajena sobre nuestra personalidad, lo que nos impide cumplimentar del Yo Superior) es de tanta importancia en la producción de la enfermedad, y como con frecuencia comienza muy temprano en la vida, consideramos entonces la verdadera relación padre e hijo, como maestro y discípulo.

Fundamentalmente, el oficio de la paternidad es el medio privilegiado –y como tal debería ser considerado un privilegio divino- para capacitar a un alma a entrar en contacto con este mundo para el bien de la evolución.

Si se analiza adecuadamente, se comprenderá que probablemente jamás se le haya ofrecido a la humanidad una oportunidad más grande que ésta: ser el agente del nacimiento físico de un alma, y tener bajo su cuidado esa joven personalidad durante los primeros años de existencia sobre la tierra. Atento a esto, la actitud de los padres debería ser proporcionar al recién nacido toda la conducción espiritual, mental y física que les sea posible, pero recordando siempre que el pequeño en sí mismo un alma individual, llegada para adquirir su propia experiencia y conocimientos, de acuerdo con los dictados de su Yo Superior, y darle toda la libertad necesaria para que su evolución se desarrolle sin impedimentos.
El oficio de la paternidad es un servicio divino, y debería ser respetado tanto o más que cualquier otro deber que estemos destinados a desempeñar. Es más: por tratarse de una labor de sacrificio, jamás debemos olvidar que nada, bajo ningún concepto, debe requerirse del niño a cambio, y sí proporcionarle todo el amor, la protección y la guía necesaria, hasta que su Alma se haga cargo de su naciente personalidad. Desde los mismos comienzos debe inculcársele al niño el sentido de la independencia, la individualidad y la libertad, y alentarlo a pensar y actuar por sí mismo. Todo control paterno debe ser dejado de lado, a medida que se vaya desarrollando su capacidad de valerse por sus propios medios, y luego, ninguna restricción o falso concepto del deber filial deben obstaculizar los dictados de su Alma. Por otra parte, la paternidad es un oficio que pasa de uno a otro, y es en esencia proporcionar temporalmente consejo y protección, pero sólo por un breve período, al cabo del cual deben cesar todos nuestros esfuerzos, y dejar libre al objeto de nuestra atención, para que siga avanzando por sus propios medios.
Recordemos que el niño, para quien nos convertimos en guardianes transitorios, puede ser un alma mejor y más grande que la nuestra, y espiritualmente superior, por lo que el control y la protección deben limitarse sólo a las necesidades más inmediatas de la joven personalidad.

La paternidad es un deber sagrado, de carácter transitorio, que se trasmite de generación en generación. No conlleva más que servicio, y no implica obligación alguna por parte del niño, que debe ser dejado libre para desarrollar su propia personalidad, y prepararse lo mejor posible para cumplimentar ese mismo servicio pocos años después. Por lo tanto, es preciso que el niño esté libre de restricciones y obligaciones provenientes de sus padres, y consciente de que la paternidad que previamente fue concedida a su padre y a su madre recaerá luego sobre él, para que la ejerza sobre otro ser.

Los padres deberán mantenerse particularmente en guardia contra el deseo de modelar la joven personalidad de acuerdo con sus propias aspiraciones e ideas, así como contra cualquier control indebido o solicitud de favores a cambio de su deber natural, y el divino privilegio de ayudar al Alma de su hijo a relacionarse con el mundo.

Cualquier aspiración de control, o deseo de modelar la joven vida por motivos personales, es una terrible forma de codicia y no deben tolerarse jamás, porque si esto se arraiga en el padre o la madre, con el devenir del tiempo éstos se transformarán en verdaderos vampiros.

De existir el menor deseo de dominio, éste debe ser detectado desde su mismo comienzo. Debemos resistirnos terminantemente a someternos a la esclavitud de la codicia que nos impulsa a dominar a los demás; todo consiste en alentar en nosotros la virtud de dar, y desarrollarla hasta que el sacrificio que implica elimine todo rastro de acciones adversas.
El maestro deberá tener siempre presente que su misión consiste simplemente en convertirse en el agente que proporcione al joven la guía y la oportunidad de aprender las cosas del mundo y de la vida, de modo que cada niño pueda absorber los conocimientos a su manera, y, si se le da la suficiente libertad, elegir instintivamente lo que se necesita para tener éxito en la vida. Una vez más, entonces, reiteramos que al alumno se le deben dar tan sólo los cuidados y guías indispensables para permitirle obtener el conocimiento y la experiencia que necesita.
Los niños, por su parte, deberían recordar que el oficio de padres, como emblema de poder creativo, constituye una misión divina, y que por serlo no implica restricciones en su desarrollo, ni obligaciones que puedan obstruir su evolución y las metas dictadas por propia Alma. En la actual civilización es imposible evaluar el sufrimiento silencioso, las restricciones a las personalidades y el desarrollo de caracteres dominantes, que genera el desconocimiento de este hecho. En casi todos los hogares los padres y los niños construyen ellos mismos prisiones por motivos completamente falsos, y por una equivocada concepción de su relación recíproca. Estas prisiones anulan la libertad, obstaculizan la vida, interrumpen el desarrollo y acarrean la insatisfacción de los involucrados. Los desordenes mentales, nerviosos y aún físicos que los aquejan constituyen la mayor parte de las enfermedades de nuestros días.

Todavía nos es difícil entender que cada alma encarnada está aquí con el propósito específico de ganar experiencia y comprensión, y de perfeccionar su personalidad para acercarse a sus propios ideales.
No importa cuál sea nuestra relación con los otros: esposo o esposa, padre o hijo, hermano o hermana, maestro o discípulo, todos pecamos contra nuestro Creador y nuestro prójimo si impedimos por razones personales, la evolución de otra Alma. Nuestro único deber es obedecer los dictados de nuestra propia conciencia, y ésta en ningún momento debe tolerar el dominio de otra personalidad.

Es preciso recordar siempre que el Alma ha establecido para cada uno un trabajo determinado, y que a menos que lo realice, aunque no sea en forma consciente, dará lugar a un conflicto entre el Alma y la personalidad y provocará inevitables desórdenes físicos.
Si bien es cierto que cualquier ser humano puede sentir como auténtica vocación la necesidad de dedicar su vida únicamente a una sola persona, antes de hacerlo debe estar completamente seguro de que éste es el verdadero mandato de su Alma, y que no es el resultado de lasIMAGE sugerencias de otra personalidad dominante que está tratando de persuadirlo o falsas ideas sobre su deber, que los están guiando por caminos erróneos. Recordemos también que hemos descendido a este mundo a ganar batallas; a adquirir fuerzas para usarlas contra aquellos que quieren controlarnos, y así poder acceder a ese estado que nos permite pasar por la vida cumpliendo con nuestro deber silenciosa y serenamente, sin ser disuadidos ni influidos por nadie y guiados apaciblemente por la voz de nuestro Ser Superior. Para muchos hombres, sus batallas más duras deberán librarlas en sus propios hogares, ya que, antes de lograr la libertad suficiente para obtener victorias en el mundo, deben liberarse a sí mismos de la dominación y control adversos de algunos familiares cercanos.
Cualquier individuo, sea adulto o joven, parte de cuyo trabajo reside en liberarse del control dominante del otro, deben recordar lo siguiente: primero, que su aparente opresor debe considerarse como se considera en deporte a un competidor, como a una mínima seña de amargura, y que si no fuera por esos competidores no tendríamos la más mínima oportunidad de desarrollar nuestras potencialidades y nuestra individualidad. Y en segundo lugar, que las victorias verdaderas en la vida llegan a través del amor y la nobleza, y que en esos enfrentamientos no debe emplearse violencia de ningún tipo, ya que creciendo constantemente en su verdadera naturaleza y dando muestras de benevolencia, gentileza, y si es posible amor hacia el adversario, podrá continuar su desarrollo, y con el tiempo seguir silenciosa y serenamente, el llamado de su conciencia sin la menor interferencia.

También aquellos que son dominantes necesitan ayuda y consejo para permitirles comprender cabalmente la gran verdad universal de la Unidad, y el gozo de la Fraternidad. Ignorar estas cosas significa no participar de la verdadera felicidad de la Vida, y debemos ayudar a esa gente con todas nuestras fuerzas y nuestra capacidad.
Cualquier debilidad por nuestra parte, además de permitirles extender su influencia, no les ayuda de ninguna manera, mientras que una amable negativa a permanecer o entrar bajo su control y el compromiso de revivir en ellos la alegría de dar, les ayudará a lo largo de su difícil camino.

La conquista de nuestra libertad, de nuestra individualidad e independencia, exige frecuentemente mucho valor y fe; sin embargo, en las horas más negras, cuando el éxito parece poco menos que inalcanzable, es preciso recordar que una criatura de Dios jamás debe temer nada, ya que su Alma sólo le señalará aquellas tareas que está en condiciones de llevar a cabo, y que con el propio coraje y la fe en su Divinidad interior, la victoria es inevitable si persevera en su esfuerzo.

 

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copyright ©2007 Jorge Alonso | Terapeuta Floral | Maestro de Reiki | Consultor en Astrología
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